Este sueño será mi epitafio. Me resta poco tiempo y no lo
malgastaré en plegarias inútiles o en un abrazo ferviente a la religión como última
oportunidad de perdón divino. No me arrepiento de nada. He rechazado tres veces a un sacerdote, fleto
como él solo, que se pasea ansioso por
los pasillos, en esa tensa espera de que me transforme en su primera
extremaunción del día. Que el de arriba me entregue este postrero instante de
lucidez no cambia nada. ¿No esperé toda mi vida conocer las llamas eternas?
¿Qué otro destino me esperaba? Ahora me sumerjo en paraísos oníricos
infernales: escucho los gritos de los condenados y veo los cuerpos desmembrarse
una y otra vez. Además, y como un atractivo video turístico, aparecen ante mi
los suplicios de Dite, los tormentos en Malebolge o el congelado refugio del
Lago Cocito.
Abro los ojos.
Quiero que esta tortura finalice y exhalar mi último suspiro. Mi deseo se va al
carajo. Ingresa la enfermera de turno, cambia el suero y extiende unas horas
más mi permanencia en la tierra. Esclavo
de esta rutina absurda de dormir (todo el día) y despertar (sólo por breves instantes), no he
podido despedirme de mi esposa Macarena y mis hijos. Tampoco me interesa
tenerlos acá dando vueltas por la habitación y preguntando estupideces como ¿Te
duele mucho?, ¿Estaba buena la comida? o que, en arranques de sensiblería barata,
se aferren a mi mano, la aprieten con fuerza y con lágrimas en los ojos me
repitan que no quieren que me muera, que me extrañarán, que no podrían vivir
sin mí. Patético. En esos momentos, sin saber si es sueño o realidad, leo en la
pantalla en negro del televisor “Abandonen toda esperanza, aquellos que entran”
y sonrío. Luego se van y me dejan en este mausoleo. Duermo a ratos y siempre entre
sueños aparece La Pregunta. Responderla, extendería mi sufrimiento hasta la
eternidad.

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