domingo, 6 de enero de 2013

Agonía


Este sueño será mi epitafio. Me resta poco tiempo y no lo malgastaré en plegarias inútiles o en un abrazo ferviente a la religión como última oportunidad de perdón divino. No me arrepiento de nada.  He rechazado tres veces a un sacerdote, fleto como él solo,  que se pasea ansioso por los pasillos, en esa tensa espera de que me transforme en su primera extremaunción del día. Que el de arriba me entregue este postrero instante de lucidez no cambia nada. ¿No esperé toda mi vida conocer las llamas eternas? ¿Qué otro destino me esperaba? Ahora me sumerjo en paraísos oníricos infernales: escucho los gritos de los condenados y veo los cuerpos desmembrarse una y otra vez. Además, y como un atractivo video turístico, aparecen ante mi los suplicios de Dite, los tormentos en Malebolge o el congelado refugio del Lago Cocito.

 Abro los ojos. Quiero que esta tortura finalice y exhalar mi último suspiro. Mi deseo se va al carajo. Ingresa la enfermera de turno, cambia el suero y extiende unas horas más mi permanencia en la tierra.  Esclavo de esta rutina absurda de dormir (todo el día) y  despertar (sólo por breves instantes), no he podido despedirme de mi esposa Macarena y mis hijos. Tampoco me interesa tenerlos acá dando vueltas por la habitación y preguntando estupideces como ¿Te duele mucho?, ¿Estaba buena la comida? o que, en arranques de sensiblería barata, se aferren a mi mano, la aprieten con fuerza y con lágrimas en los ojos me repitan que no quieren que me muera, que me extrañarán, que no podrían vivir sin mí. Patético. En esos momentos, sin saber si es sueño o realidad, leo en la pantalla en negro del televisor “Abandonen toda esperanza, aquellos que entran” y sonrío. Luego se van y me dejan en este mausoleo. Duermo a ratos y siempre entre sueños aparece La Pregunta. Responderla, extendería mi sufrimiento hasta la eternidad. 


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