domingo, 5 de mayo de 2013

Malditos Perros



Malditos perros

- ¡Qué espera Pérez! Dispare. Mate a este subversivo. ¡Es una orden! ¡Ejecútelo!
- Pero, Capitán, es sólo un hombre...
- No me venga con esas estupideces, Pérez. Cumpla la orden, no me temblará el pulso cuando lo ponga al lado de este terrorista y los mate a ambos si no me obedece. Dispárele ¡Carajo!...

Tomás y Miguel son dos vagabundos que se han hecho una pequeña casa con cartones en una de las esquinas de la Plaza de Armas. En las noches gélidas, se cubren con unas viejas y apolilladas mantas. Cuando tienen menos fortuna, utilizan unos diarios amarillentos que anuncian un aciago futuro: los Cuatro Jinetes del Apocalipsis recorrerán las aceras de esta gran ciudad incendiándola con las antorchas del caos. Pero ellos no creen en esas exageraciones de la prensa. Tienen necesidades urgentes que no se encuentran delineadas en las columnas de esos periódicos, ¿acaso esas hojas amarillentas les hablan de su hambre? Sí, esa hambre que día a día se les enreda en las tripas y no los deja pensar. A veces, algunos transeúntes misericordiosos, impactados por los rostros cadavéricos de estos mendigos, les lanzan mendrugos de pan o les traen un gran tazón metálico con agua, del que los vagabundos beben acelerados, nerviosos, paranoicos, como si alguien estuviera agazapado en las sombras, espera la oportunidad precisa para castigarlos. No es un delirio. Una pandilla de jóvenes del barrio los muelen a palos o les destruyen su mísera vivienda. Los vagabundos se han curtido en estos sufrimientos gratuitos e inexplicables.

Ese día, Miguel ha escuchado sobre una oportunidad única. En el centro de la ciudad, cerca de la Casa de Gobierno, un supermercado ha desechado alimentos vencidos. Tienen poco tiempo. “Si no nos apuramos, el camión de la basura se llevará esa comida lejos”. Miguel busca en el rostro de su amigo un gesto de complicidad, pero solo encuentra ojos cenicientos y una cara que presiente el peligro.

Los miedos de Tomás  no parecen un delirio inexplicable, el ambiente expele una fragancia extraña. En otras jornadas, a esa misma hora de la madrugada, ya se ven a las primeras almas traspasar la bruma matinal y dirigirse a sus respectivos trabajos. Pero hoy, ni siquiera se adivinan las sombras lejanas, ni el silbido de los basureros que  recolectan los tachos de desperdicios Hoy sólo se observan las bolsas de basura  que se apretujan buscando un calor pasajero. Más allá en una pared se lee un rayado político: “NOS DAN EDUKAZION O TENDRÁN REVOLUCIÓN”. Los vagabundos continúan su camino sin musitar palabras. Qué saben ellos de política y de revoluciones, sólo quieren ganarle la partida a los basureros invisibles y llegar pronto a ese Jardín del Edén de la comida descompuesta, hurgar entre la basura y encontrar latas de conservas de las que sólo pueden lamerse escaras de aceite o almíbar, productos lácteos de textura viscosa y sabor ácido que maquillan el hambre brevemente.
 
 El silencio se quiebra. Los vagabundos escuchan los zapatos de un hombre repicar en el pavimento. El hombre huye de un enemigo espectral. Desde una esquina y atravesando la neblina, se adivinan dos sombras que lo persiguen.  “Ahí va, no te detengas, doblará a la izquierda”.  El hombre parece no tener escapatoria, cada vez son más las sombras de la muerte. Son dos, cuatro, diez, quince… El hombre clama por ayuda, grita que le abran una sola puerta. Los vecinos no quieren problemas. Sin embargo, una mujer, tras una cortina, se compadece del hombre. Se acerca a una mesita, toma un rosario y entrega la suerte del fugitivo a  las  manos de Dios. Los uniformes bípedos ya tienen al hombre cercado...Casi cercado... El perseguido tiene una única salida, debe llegar al callejón que conduce al Parque Municipal, lugar donde fácilmente podrá perderse entre la tupida foresta y liberarse del terror y la muerte.

Los vagabundos se encuentran cara a cara con el hombre y, presos del pavor, cambian su trayecto y prefieren esconderse detrás de unos basureros, cubrirse con cartones y mirar expectantes. Dos sombras, capitán  y conscripto,  han logrado cazar al hombre y lo empujan  al suelo. Los golpes le caen a la víctima por todos lados, sean de puños, culatas o puntapiés.  El hombre se queja y grita, se retuerce y clama por piedad; como un último recurso, les explica a los uniformados que tiene familia y que no ha hecho nada malo. Las sombras son sordas a sus lamentos.

-          Dispárele ¡Carajo!, repite el capitán

Pérez hala el gatillo y una detonación sorda traspasa la nuca del hombre. Sin embargo, la bala no está satisfecha y necesita llenarse la boca con más sangre. El hambriento proyectil sigue su mortal vuelo y se incrusta en el pómulo de Miguel. El vagabundo no alcanza a quejarse y se desploma en el suelo inerte.

Los ojos de Tomás se detienenen la cara destrozada de su amigo y no quiere dejar este absurdo crimen impune. Dominado por un instinto ciego, por un deseo de venganza, emerge de los cartones y da un salto sobrenatural contra el capitán y muerde al oficial en la mano.

- Arghhhh. ¡Mierda! ¡Me mordió! ¡Este perro me mordió! ¿Quieres ser héroe, maldito perro? Te vas al infierno, animal desgraciado.
.Las balas escapan: una, dos, tres, cuatro, hasta que el hombre vacía el cargador.  El perro no siente nada, simplemente deja que el metal premonitorio lo libere, lo eleve a otra dimensión sin uniformes, ni subversivos, sin asesinos, ni muertes...
- Malditos perros, bien muertos que están. Pérez, llama al cuartel, di que la situación está controlada y que envíen una patrulla de inmediato. ¡Pérez!¿Qué demonios está haciendo? ¡Baje esa arma.. Pérez! Baje esa….

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