Malditos perros
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¡Qué espera Pérez! Dispare. Mate a este subversivo. ¡Es una orden! ¡Ejecútelo!
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Pero, Capitán, es sólo un hombre...
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No me venga con esas estupideces, Pérez. Cumpla la orden, no me temblará el
pulso cuando lo ponga al lado de este terrorista y los mate a ambos si no me
obedece. Dispárele ¡Carajo!...
Tomás
y Miguel son dos vagabundos que se han hecho una pequeña casa con cartones en
una de las esquinas de la Plaza de Armas. En las noches gélidas, se cubren con
unas viejas y apolilladas mantas. Cuando tienen menos fortuna, utilizan unos
diarios amarillentos que anuncian un aciago futuro: los Cuatro Jinetes del
Apocalipsis recorrerán las aceras de esta gran ciudad incendiándola con las
antorchas del caos. Pero ellos no creen en esas exageraciones de la prensa.
Tienen necesidades urgentes que no se encuentran delineadas en las columnas de
esos periódicos, ¿acaso esas hojas amarillentas les hablan de su hambre? Sí,
esa hambre que día a día se les enreda en las tripas y no los deja pensar. A
veces, algunos transeúntes misericordiosos, impactados por los rostros
cadavéricos de estos mendigos, les lanzan mendrugos de pan o les traen un gran
tazón metálico con agua, del que los vagabundos beben acelerados, nerviosos,
paranoicos, como si alguien estuviera agazapado en las sombras, espera la
oportunidad precisa para castigarlos. No es un delirio. Una pandilla de jóvenes
del barrio los muelen a palos o les destruyen su mísera vivienda. Los vagabundos
se han curtido en estos sufrimientos gratuitos e inexplicables.
Ese
día, Miguel ha escuchado sobre una oportunidad única. En el centro de la
ciudad, cerca de la Casa de Gobierno, un supermercado ha desechado alimentos
vencidos. Tienen poco tiempo. “Si no nos apuramos, el camión de la basura se
llevará esa comida lejos”. Miguel busca en el rostro de su amigo un gesto de
complicidad, pero solo encuentra ojos cenicientos y una cara que presiente el
peligro.
Los
miedos de Tomás no parecen un delirio
inexplicable, el ambiente expele una fragancia extraña. En otras jornadas, a
esa misma hora de la madrugada, ya se ven a las primeras almas traspasar la
bruma matinal y dirigirse a sus respectivos trabajos. Pero hoy, ni siquiera se
adivinan las sombras lejanas, ni el silbido de los basureros que recolectan los tachos de desperdicios Hoy
sólo se observan las bolsas de basura que
se apretujan buscando un calor pasajero. Más allá en una pared se lee un rayado
político: “NOS DAN EDUKAZION O TENDRÁN REVOLUCIÓN”. Los vagabundos continúan su
camino sin musitar palabras. Qué saben ellos de política y de revoluciones, sólo
quieren ganarle la partida a los basureros invisibles y llegar pronto a ese
Jardín del Edén de la comida descompuesta, hurgar entre la basura y encontrar latas
de conservas de las que sólo pueden lamerse escaras de aceite o almíbar, productos
lácteos de textura viscosa y sabor ácido que maquillan el hambre brevemente.
El silencio se quiebra. Los vagabundos
escuchan los zapatos de un hombre repicar en el pavimento. El hombre huye de un
enemigo espectral. Desde una esquina y atravesando la neblina, se adivinan dos
sombras que lo persiguen. “Ahí va, no te
detengas, doblará a la izquierda”. El
hombre parece no tener escapatoria, cada vez son más las sombras de la muerte.
Son dos, cuatro, diez, quince… El hombre clama por ayuda, grita que le abran
una sola puerta. Los vecinos no quieren problemas. Sin embargo, una mujer, tras
una cortina, se compadece del hombre. Se acerca a una mesita, toma un rosario y
entrega la suerte del fugitivo a
las manos de Dios. Los uniformes
bípedos ya tienen al hombre cercado...Casi cercado... El perseguido tiene una
única salida, debe llegar al callejón que conduce al Parque Municipal, lugar
donde fácilmente podrá perderse entre la tupida foresta y liberarse del terror
y la muerte.
Los
vagabundos se encuentran cara a cara con el hombre y, presos del pavor, cambian
su trayecto y prefieren esconderse detrás de unos basureros, cubrirse con
cartones y mirar expectantes. Dos sombras, capitán y conscripto,
han logrado cazar al hombre y lo empujan
al suelo. Los golpes le caen a la víctima por todos lados, sean de
puños, culatas o puntapiés. El hombre se
queja y grita, se retuerce y clama por piedad; como un último recurso, les
explica a los uniformados que tiene familia y que no ha hecho nada malo. Las
sombras son sordas a sus lamentos.
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Dispárele ¡Carajo!, repite el capitán
Pérez
hala el gatillo y una detonación sorda traspasa la nuca del hombre. Sin
embargo, la bala no está satisfecha y necesita llenarse la boca con más sangre.
El hambriento proyectil sigue su mortal vuelo y se incrusta en el pómulo de
Miguel. El vagabundo no alcanza a quejarse y se desploma en el suelo inerte.
Los
ojos de Tomás se detienenen la cara destrozada de su amigo y no quiere dejar este
absurdo crimen impune. Dominado por un instinto ciego, por un deseo de venganza,
emerge de los cartones y da un salto sobrenatural contra el capitán y muerde al
oficial en la mano.
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Arghhhh. ¡Mierda! ¡Me mordió! ¡Este perro me mordió! ¿Quieres ser héroe,
maldito perro? Te vas al infierno, animal desgraciado.
.Las
balas escapan: una, dos, tres, cuatro, hasta que el hombre vacía el
cargador. El perro no siente nada,
simplemente deja que el metal premonitorio lo libere, lo eleve a otra dimensión
sin uniformes, ni subversivos, sin asesinos, ni muertes...
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Malditos perros, bien muertos que están. Pérez, llama al cuartel, di que la
situación está controlada y que envíen una patrulla de inmediato. ¡Pérez!¿Qué
demonios está haciendo? ¡Baje esa arma.. Pérez! Baje esa….

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