Mutilé de Guerre
Pete,
mutilado de guerra, veterano benemérito se sentó en la silla del bar, alzó el
dedo de una mano carcomida por el Parkinson y pidió una pinta de cerveza
turbia. La multitud en el local lo
ignoraba y disparaba una metralla de carcajadas y gritos explosivos que
ahogaban los sonidos de un trío de músicos rematando su repertorio habitual con
Love Me Tender. El vocalista, un
gordo calvo y de voz aguardentosa, patético émulo de Elvis, se mandó una
interpretación desastrosa. Pete estaba
exultante. Y entre ese meandro de gentes, borrachos y músicos de cuarta
categoría, este veterano sin condecoraciones sorbeteaba su cerveza ensimismado
en recuerdos de una gloria militar efímera. Un extranjero curioso, que lo
observaba con detención, se acercó y le preguntó por su pierna invisible. El
viejo exigió como de costumbre un pago por relatar su historia: dos
refrescantes pintas de cerveza negra. Verdún, rechiflan los obuses y las botas
chapotean en el lodo de las trincheras. El silbido de un oficial anuncia que es
el momento de cargar contra el enemigo e ir a los brazos de la muerte. Pete, entumecido, acribillado por
las balas de ese gélido clima francés que mezcla lodo y escarcha, sangre y vaho
de bocas deformes. Pete aprieta el rifle, observa a cada uno de sus compañeros
saltar las alambradas y caer al suelo después del letal traqueteo de una
ametralladora fantasma. Gritos. Rostros desencajados. Bajas de guerra que
expiran con los ojos abiertos y la misma cara absurda del que muere a
destiempo. El oficial mira a Pete y lo obliga a exterminar su miedo y atacar
las trincheras enemigas. Es el “día de los héroes”, espeta el capitán que,
curiosamente, no acompañará la loca carrera de sus subordinados. Pete no tiene
otra opción, aprieta los puños, se aferra al rifle y cumple su deber patriótico.
Ofrenda su vida y cuerpo a la bandera. Los oyentes se emocionan. El gordo baja
del escenario y ensaya con su voz ebria el God
save the Queen. Pete se acerca y
abrazando al cantante, acompaña el himno con lágrimas en sus ojos. Mi amigo
Douglas, con su escepticismo habitual, me susurra al oído: “Otra vez la misma
mentira. Este viejo perdió la pierna al caerse del trolley”. Pete, héroe de
cartón, mutilado de trolley, toma otra
pinta de cerveza y no esconde su sonrisa
cínica…

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